El blogo del Pequeño Saltamontes

Quizás uno de las mejores formas de aprovechar el tiempo que pierdes navegando por la red. Pero sólo quizás.

Los Jardines del Retiro Lunes, 31 Julio 2006

Archivado en: Fotografía, Viajes — El Pequeño Saltamontes @ 10:36

Mañana me vuelvo a Badajoz (estoy deseando), pero mientras tanto he aprovechado para dar alguna vuelta más por los madriles y tirar algunas fotos con mi nueva cámara. Concretamente en los Jardines del Retiro. Véase la muestra:

1. Un paloma en vuelo; imaginadme corriendo detrás de ella cámara en ristre XD :


2. El Parterre, con la estatua de Jacinto Benavente en el centro:


3.
Si el árbol no se dobla al viento, es arrancado de cuajo, dicen:

Este parque es uno de los rincones de Madrid que más me gustan. Lo mismo me ocurre con el Parque de María Luisa en Sevilla, con el de la Legión en Badajoz y el de los Jesuitas en Salamanca.

 

¡Ya tengo cámara digital! Jueves, 27 Julio 2006

Archivado en: Fotografía, Viajes — El Pequeño Saltamontes @ 10:48

Pues eso, que me he comprado una cámara digital, una Olympus Mu 700, que luce tal que así:
Igual un día de estos subo alguna foto; en la que no aparezca yo, por supuesto.

Además, he empezado a leerme Kim, de Rudyard Kipling. Sólo llevo un par de páginas y ya sé que va a ser uno de mis libros favoritos. Lo comentaré cuando lo termine.

Sed felices.

 

Mi viaje a Madrizzz Domingo, 9 Julio 2006

Archivado en: Jangás, Viajes, Yo — El Pequeño Saltamontes @ 16:17

Después de una larga y necesaria sequía de posteos al blog (los que me conocen saben por qué), aprovecho la ocasión para contaros la pequeña historia de mi penúltimo viaje a Madrid. El objetivo era buscar piso, para quedarme sólo el mes de julio. Empecemos:

DÍA 1:

7:30 de la tarde, y el tren sale a las 7:50: llegaba tarde a la estación, así que agarré mi maleta por el asa extensible (una de esas malas, de los chinos, con ruedas) y eché a correr a la Estacion de la Alamedilla. Pues eso, que corriendo, corriendo, noto un ¡kraka!, y una pequeña resistencia al arrastrar la maleta. Miro para atrás y veo el eje de y las ruedas de la maleta dos metros por detrás de mí… ¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! ¿Qué hago? Voy a perder el tren ¿Me paro a colocarlas? ¿Las dejo tiradas y sigo? Al final me paré, las cogí, vi que no podía ponerla otra vez, las tiré a hacer gárgaras y seguí corriendo hacia la estación.

Llegué de milagro a la taquilla, fui a comprar el billete y, !cómo no!, jodiósele el ordenador a la señora taquishera ¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! No… espera… ¡que funciona! Pues nada, billete de ida y vuelta al canto y p’al tren echando leches, una escalera que bajar y otra que subir, cargando por el asa con la jodía maleta sin ruedas, que iba cargada hasta los topes y pesaba un güevo y parte del otro.
¡Por fin, estoy en el tren! Con la maleta rota, pero da igual. Me tiro las dos horas y media de viaje pensando una y otra vez en dos cosas:
a) Me tengo que comprar una maleta nueva (25€ en los chinos).
b) Que no se me olvide la maleta en el tren, que me conozco…

Llego a la Estación de Chamartín y cojo el metro. Era un buen tamo en la línea 1, hasta Alonso Martínez, y luego la 9. Llego a Alonso Martínez, me bajo para hacer el transbordo y ¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! ¡Me he dejao la maleta en el tren! ¡Lo sabía, lo sabía, lo sabía! Así que otro metro para atrás, llego a las once menos cinco y nadie en objetos perdidos, pero me dan el teléfono. Así que me voy a casa con el puto papelito con el número, con una mochila y una mala leche que no veas.

Otra vez metro, y ahora, una parada antes de Alonso Martínez, se para el metro en la estación, pero no se abren las puertas, alguién dice algo inintelegible por megafonía y se apagan las luces. La gente se pone nerviosa: los de fuera quieren entrar y los de dentro salir, y ambos piensan que van a conseguirlo aporreando las puertas. Se llena de seguratas toda la estación riñéndole a los dos grupos, y, a todo esto, yo sentado, con mi papel y mi mala leche, preguntándome si será lo último que me pasa hoy… Se oye una especie de balido (lo juro) por megafonía, la gente se descojona, las luces se encienden, las puertas se abren, la gente entra o sale, y seguimos.

En Alonso Martínez, que está debajo de la Plaza de Colón, donde ese día ponían el España-Francia en pantalla gigante, que acababa de terminar, llego al andén de la 9 esquivando tíos borrachos y con la cara pintada. Me monto en el metro, que ahora era de los antiguos, con vagones separados, y, detrás de mí (y mi mala leche), se monta un grupo de niñatos disfrazados de bandera, con una tajá como un piano, y uno de ellos con un pandero y su correspondiente maza. Les faltó tiempo para ponerse a pegar voces, ¡Es-pa-ña, Es-pa-ña! y tal, y a zurrarle al pandero. Y encima el vagon era enano, y no podía huir.¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! Así que sin maleta, con número de objetos perdidos, con la mochila, con toa la mala leche y con niñatos borrachos exhaltados (que no se bajaron hasta una parada antes de la mía), llegué a casa de mis tíos. ¡Hala, a dormir!

DÍA 2:

Al día siguiente, a la Ciudad Universitaria, a pillar teléfonos de pisos en paradas y tablones. Cogí como unos 25. Hala, ahora a llamar. Pero antes a objetos perdidos. Llamo y no me lo cogen, 4 veces, así que me acojoné y fui otra vez a la estación. Estaba de metro hasta los cojones. Llego, pregunto, y nadie sabe nada.
¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! “Una maleta verde, grande, con las ruedas rotas…”. “Sólo tenemos esta mochila negra. ¿no se referirá a ella?” Pero, vamos a ver, ¿es que no hablo claro o es que la señora quería que me llevara la mochila aunque no fuera mía. Al final me dicen que no va a aparecer, pero que me pase por la tarde si quiero. A todo esto yo sin ropa, sólo con 3 calzoncillos y la bolsa de aseo, que iban en la mochila.

Desde la estación, me puse a llamar a los números de los pisos. El 90% dijo que sólo julio no les interesaba, y sólo 2 que sí. Quedé para ver uno enseguida en Argüelles. Metro pallá. Llego, llamo, y no me abren la puerta. ¿Qué pasa? ¿Que estamos en las Jornadas Internacionales de Jodamos al Pequeño Saltamontes? Ni me molesté en llamar otra vez por teléfono. Me compre unos calcetines en el Corte Inglés (no tenía, porque estaban an la maleta) y otra vez pa’ casa.

Comí, descansé, digerí la comida y parte de la mala leche, y volví a la Estación de Chamartín, donde ahora sí tenían la maleta. Pero le habían reventado el cierre de combinación (que de todas formas no era muy allá) para inspeccionarla o yo que sé. Me daba igual, porque tenía mi maleta, y además pensaba comprar una nueva de todas formas. Llego a casa, la vacío, y no estaban ni el kimono ni las espinilleras ¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! ¿Los metí o no los metí? Juraría que sí. El caso es que hace dos semanas y todavía hoy no ha aparecido ninguna de las dos cosas, y valen una pasta… Estaba tan cansado que ni siquiera fui a ver el otro piso que había quedado para ver por la noche. Quedé para el día siguiente. Y, justo antes de dormir, recibo la segunda peor noticia de mi vida, de la cual fue consecuencia la peor, tres días después. Pero no voy a comentar eso aquí.

DÍA 3:

Marcho a ver el piso, en Cuatro Caminos. Llego tarde, el dueño se había largado, lo llamo, 10 minutos esperando con to la caló. Vuelve, y ¡qué mierda de piso! Antiquísimo, habitaciones enanas, cocina que cabías tú y la sartén y ya está, y lo primero que se ve en la encimera es el espray para las cucarachas. Paso, habrá más. Me despido y llamo desde la calle a los dos o tres teléfonos que me quedaban en la lista. El único que acepta alquilarlo sólo para julio es en Carabanchel, en la calle de la Oca. Como en casa de un amigo.

Bajo a coger el metro: línea 6 hasta Oporto y luego 5 hasta Carabanchel. Todo esto a las 4 de la tarde, con er só en tó lo arto, como dicen en mi segunda ciudad. En Oporto, al ir a hacer el transbordo, veo “Salida C. de la Oca” y pienso “igual acorto”. Salgo, busco la Calle de la Oca, miro el número, 2, miro mi dirección, 106. ¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! ¡Me lo merezco, por listo! Así que, sin naaaada de sombra, toa la calle alante, pegao a la pared, a las 4 de la tarde, con er só en tó lo arto, 15 minutos calle arriba. ¡Qué calor! Al menos el piso no estaba mal. Eso sí, me acababa de dar cuenta de que está en el quinto coño.

Vuelvo a casa de mis tíos, decido quedarme con ellos, me ducho y cojo el metro para volver a la estación y otra vez a Salamanca, arrastrando mi maleta sin ruedas y con el cierre reventado. Llegué a Chamartín a las 19:25, para coger el ten de las 19:45. Voy a cerrar el billete, y ¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! ¡Está completo! ¡Y el siguiente sale a las 21:30! Qué le vamos a hacer. Billete para el de las nueve y media y dos horas en la estación rascándome la barriga. Llamo a una amiga por teléfono y le cuento mis peripecias: “jijí”, “jajá”, “ya nada más te puede salir mal”. Cuelgo. Necesito chocolate para calmarme un poco; miro en monedero: nada suelto. Pregunto, y el único cajero era de Caja Madrid: ¡zaca! 1′50€ de comisión. Llego a la tienda y pillo conguitos blancos. Una bolsita de mierda, enana: 3′40€. Bueno, me da igual, porque tengo mis conguitos. ¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! ¡Qué asco! Tienen como fruta escarchada por dentro ¡¡¡Odio la fruta escarchada!!! Cinco euracos por unos conguitos, ¡y encima están malos!. Resiganción.

A todo esto, las 21:25 y no anuncian la vía del tren de Salamanca. Qué raro. Le pregunto a un señor a mi lado: “Sí, normalmente las anuncian con una media hora de antelación”. Y el megáfono, enseguida: “Señores viajeros del tren con destino a Salamanca, la vía de salida de dicho tren les será anunciada oportunamente”. Traducción: el tren se retrasa hasta vete a sabe cuándo ¡¡¡AAAARRRRGGGG!!! ¿¿¿Por qué me pasa a mí todo??? Le dejo las maletas al señor de antes y me voy a mear. Y a la vez que meaba, me descojonaba de risa, ya por puro nerviosismo. La gente pensaría que qué coño hacía meando y riéndome.

Finalmente, a las 22:05 horas, 2 horas y 35 minutos después de llegar a la estación de tren, salí hacia Salamanca, y llegué a casa a las 00:45, arrastrando mi maleta rota, sin piso en Madrid y con el conocimiento de la inminencia de lo que ocurrió dos días después.